LA
BODEGA DEL
DIABLO
Boletín cultural de la Red ECO Alternativo
16 de
Abril 2003 - Número 28 - Año lll
Bodegueros
a cargo: Carlos Carbone y Pablo
Marrero
INICIO
SI LA
TOCAN A CLARA NOS TOCAN A TODOS
“Clara
Britos, periodista, directora de la Revista La Tapa, integrante del
Foro de Medios Alternativos, solicitó la concesión de asilo o refugio a
España. Debido a los reportajes publicados en La Tapa, Britos sufre de una
intensiva campaña de acoso y amenazas contra su vida. Las denuncias
realizadas no avanzan ante la justicia. A pesar de la custodia policial que
tiene, los aprietes siguen y teme
por la vida de sus cuatro hijos”.
PALABRA
MAYOR
Los muebles son
vastos, curiosos, raros, armados de
cerrojos y de
secretos como las almas civilizadas.
BAUDELAIRE
-
Hay cosas que
uno se da cuenta que le son imprescindibles cuando ya no las tiene.
-
Sí; un amor,
el barrio, el país, cuando estás obligado a vivir en otro lugar del mundo...
-
No, Carlos, yo
me refería a los muebles. Pensá en el vacío de una casa sin ellos; sería
como un inmenso universo sin formas... Las paredes se te vienen encima. ¿Te
imaginás la Bodega sin muebles?
Carlos recorrió
con su vista el lugar: la biblioteca, la bodega de madera, la mesa y varias
sillas.
-
La verdad,
Pablo, que muchos muebles no tenemos.
-
¡No seas
superficial, chabón! No se trata de cantidad. Nuestra mesa no es solo eso; es
el vino y el pan sobre ella para compartir con los amigos. En la biblioteca
tenemos los poemas y relatos que degustamos todos los días, en la bodega están
las botellas... ¡Bueno, no hace falta hablar de la importancia que tiene eso
para nosotros! Y las sillas siempre están listas para recibir algún
visitante que nos agasaje con su presencia.
-
Sí, por suerte
en la Bodega siempre faltan sillas.
-
En los muebles
de la casa están las huellas de la gente que la habita. En su madera penetra
el calor del aliento, la humedad de las lágrimas, el eco de las risas. La
cama acuna los sueños y los gemidos del amor. En los cajones se apilan las
palabras.
-
Tenés razón,
Pablo, ahora que hablamos me doy cuenta lo importante que son para nuestras
vidas.
-
Tan importante
que se merecen un homenaje. Saqué de la biblioteca algunas cosas para leer.
-
Bueno, metéle.
-
Y para tu
sorpresa, empiezo con un poema tuyo.
LA
SILLA
La silla estaba
en un rincón.
Desde hace años
no la tenían en cuenta
nadie se sentaba
en ella
no la limpiaban
ni siquiera le
daban una mirada.
En su interior un
corazón de selva
latía en plena
espera.
Un día alguien
la corrió de lugar
y entonces
se produjo
el estallido.
Carlos
Carbone
- Para no quedarnos sin sorpresas, yo tengo un
cuento tuyo.
EL MALDITO MUEBLE DE LA ABUELA DE MI SEÑORA
¡Están
en el mueble de la abuela!- gritó
mi señora desde la cocina, cuando le pregunté por las aspirinas.
Me
gritó como si nosotros viviéramos en una mansión; como si yo estuviera en
la décima habitación del ala norte de la construcción y ella en la octava
del ala sur.“ ¡Están en el mueble de la abuela!”, y el grito, a pasos
de mis oídos, me zapateó en la cabeza, que ya se me partía de dolor;
motivo por lo cual yo le había
preguntado por las aspirinas. ¡Ay
que dolor! Es
un dolor acumulativo; cada segundo que pasa me duele más.
El
maldito mueble viejo de la abuela de mi señora. Odiado por mí desde el día
que ella se encaprichó en traerlo a casa. Es cierto que es una antigüedad,
que tiene estilo, con sus firuletes tallados sobre la madera y sus
cerraduras de bronce. También es cierto que es muy amplio; demasiado
amplio: dos portones a cada costado, encerrando a varios estantes; cuatro
cajones en el centro y arriba de estos, una puerta que se abre como un
puente colgante, sorprendiéndonos su interior, con un espejo opaco, detrás
de tres estantes para las copas y la vajilla. Es antiguo, tiene estilo, y
fundamentalmente es muy amplio. Todo esto es tan cierto como que nosotros no
vivimos en un castillo, sino en un departamentito de morondanga, que tiene
una cocinita, un living y una pieza, ¡y encima ubicado en el primer piso! ¡Ay,
por favor, este dolor ya no lo soporto!
Cuando
me negué a la locura de traer el dinosaurio a este cuchitril, tuve que
soportar por una semana a Marta: " ¡Vos sos un desalmado, no querés
a nadie! ¡Pero no ves que es el mueble de mi abuela, que me tuvo en sus
brazos cuando nací! ¡Vos sabés que ella adoraba a ese mueble y me lo dejó
como muestra de su amor!” y, etc.,etc, etc. Creo que mis permanentes
dolores de cabeza comenzaron en ese momento. Al final, la locura triunfó y
tuve que contratar tres tipos que me costaron el sueldo del mes y que
vinieron con sogas, ganchos, correas, como si se aprestaran a escalar el
Aconcagua. Todo eso no alcanzó: tuve que ayudarles yo. El mueble apenas podía
pasar entre las paredes del pasillo. No exagero si digo que entraba a presión,
a tal punto que uno de los tipos preguntó muy seriamente si la señora de
la casa no tenía vaselina. Está demás aclarar que una antigüedad de esa,
no se puede desarmar. Antes de empezar el ascenso por la escalera, el
personal especializado que contraté, estuvo una hora haciendo diversos cálculos,
¡parecían ingenieros construyendo el túnel que une Inglaterra con
Francia! Que primero hay que levantar esta punta, que después de avanzar
medio metro hay que girar diez centímetros a la izquierda, que luego
levantamos la pata derecha y lo inclinamos apenas unos milímetros... y
levantarlo fue una tarea de titanes, digna de ser admirada por el propio Hércules.
El mastodonte estaba pegado al piso, como atornillado. Cada ves que lo alzábamos,
no lográbamos avanzar más de cuarenta o cincuenta centímetros; no podíamos
soportar semejante peso. ¡Cuatro horas estuvimos para entrar el mueble! Y
encima, ¡Ay que dolor!, aguantar
a mi mujer que desde arriba nos gritaba cada vez que el armatoste rozaba
contra la pared. Pero al final, milagrosamente el mueble entró... y nos
invadió, prácticamente anulando el living; porque entre el mastodonte y la
mesa, solo quedaba un pasillo, por el cual cualquier persona subidita de
peso, como yo, apenas podía pasar. Por otra parte el mueble sobrepasaba el
marco de la puerta que daba a la pieza y para entrar a la habitación, había
que hacerlo de costado; nada muy complicado, pero carente de toda lógica...
¡Ja!, lógica, a esta altura me resulta cómico nombrar esa palabra.
¡Uy,
uy, uy, no soporto más este dolor!
-¡En
el cajón del medio! ¡Las aspirinas están en el cajón del medio! – gritó
Marta.
¿Y
cuál es el cajón del medio de un mueble que tiene cuatro cajones? No le di
importancia a tan intrigante acertijo y tiré de la manija del primer cajón...
por supuesto ni se movió, porque cuando hay un poco de humedad la madera se
hincha y los cajones del maldito mueble viejo de la abuela de mi señora se
empecinan en no querer abrirse. Entonces empecé a tirar de todas las
manijas, pero ninguno se abrió ni un milímetro y ni siquiera pude ver si
ahí estaban las aspirinas que cada vez necesitaba más porque ¡ay! Sentía
que mi cabeza latía y que cada latido era como un ladrillazo que recibía
en la testa y encima iba a perder el tren de las 7, 50 y llegaría tarde a
la oficina y tendría que enfrentar la cara de culo de mi jefe y... ¡y la
puta que lo parió al maldito mueble viejo de la abuela de mi señora! ¡Ay
mamita ya no soporto más!
Y en tal situación como
cualquier hijo de vecino con un poco de sangre me saqué y empecé a tirar
con más fuerza de las manijas a sacudirlas y ahora la cabeza me ardía y el
tren que se me iba y la cara de culo de mi jefe y entonces empecé a gritar
y a pegarle patadas al mueble a tirar con toda mi fuerza de las manijas y...
y las diminutas patitas del mueble chillaron cedieron y el mueble se
desmoronó y como una abalancha nacida en el pico del Aconcagua se me vino
encima.
Por
suerte yo fui a parar debajo de la mesa y la mole solo pudo aplastarme el
pie izquierdo. Pero... ¡Ay que
dolor! Marta que llegó de
un salto y en ves de ayudarme, lo único que hizo fue exclamar:
-¡El
mueble de la abuela!
Y
yo sin poder mover el pie le pedía que traiga algo para hacer palanca y
ella trajo una madera raquítica que por supuesto se partió haciéndole
cosquillas al dinosaurio por lo que con todo mi dolor le grité que no sea
estúpida y que traiga otra cosa acorde con el objetivo de querer mover la
montaña y no se de donde sacó un fierro y con un esfuerzo sobrehumano
logramos levantarlo unos milímetros y retirar mi pobre y aplastado pie ¡Ay,
ay, ay mamita! Casi no lo podía
mover y Marta no me ayudaba. Marta estaba parada cruzada de brazos mirando
con dolor al mueble y mirándome a mí con destellos de furia en sus ojos.
Y
aquí estoy ¡Ay, ay, ay, que
sufrimiento! En la cama ¡Uy, uy,
uy! Con el pie izquierdo encima de un almohadón, morado e inflamado
como un sapo. Estoy esperando al médico para que me revise y me diga
cuantos huesos tengo rotos. En el living quedó el dinosaurio desparramado
entre el piso y la mesa y frente a él, está Marta que no para de llorar...
No por mí, sino por el mueble.
Pero
bueno, algo positivo tengo que reconocerle al maldito mueble viejo de la
abuela de mi señora... Gracias a él, ya me olvidé del dolor de cabeza.
"Aquí
está mi camisa tirada sobre la silla.
Aquí están los
bizcochos y el mate sobre la mesa.
Y aquí está mi
cuerpo extendido dando tiempo a la poesía..."
CAJONES
En la oscuridad de los cajones se descomponen los manuscritos,
el veneno del interior de los muebles se infiltra en ellos,
roe el sentido de las
palabras y transforma a las palabras en nombres de
demonios.
Si el texto se encuentra a la luz del día,
exhala el olor hostil del mar
que se extiende por las profundidades de los muebles.
El contenido y la idea se han disuelto
en la respiración submarina, en la música de las algas.
Una curiosa belleza está presente en ella
pero para acercarnos sería necesario
aceptar la existencia del mundo del cual nada queremos saber
a pesar de que colinda con el nuestro,
las bahías de sus mares han penetrado
los roperos y escritorios.
En las profundidades de los armarios brillan tesoros
pero tememos a los hocicos de feroces barracudas
al fondo de los cajones,
miedo a la manta raya oculta entre pesados abrigos.
Con asco y angustia hojeamos las páginas marchitas
y luego devolvemos el manuscrito en su oscuro mundo. Ya no nos
pertenece.
Porque a la postre los cajones devorarán todos nuestros textos.
En verdad nunca hemos creado otra cosa
que cantatas para bandadas de celacantos del mar secreto.
Por la noche con la lámpara encendida
escuchamos su canto que viene de las márgenes oscuras de la habitación.
Michal Ajvaz
.
Checo.
"Caminando -dijo el fulano, y estaba adentro del ropero...".
EN
AQUELLA MESA...
En aquella mesa
una mujer olvidó su corazón
pidió un café y
un cenicero
y los lagos
infinitos de sus ojos
quedaron presos
en los ladrillos manchados
la charla amena y
las risas ajenas
orilleaban sus
contornos de piedra
mientras
desgranaba lentamente
las cuatro
esquinas de su vida.
En esta mesa el
mundo olvidó a una mujer.
Cirenaica
Moreira.
Cuba.
"Y mañana cuando seas descolado
mueble viejo..."
BIBLIOTECA
PARTICULAR
Cuando
visité el departamento por primera vez, lo segundo que vi, luego
del apetecible
escote de
la propietaria,
fue la
biblioteca junto al
ventanal, en
la sala.
La mujer comentó que el último inquilino, un tipo
raro, no
había querido llevársela y que ella no tenía lugar. Que si no la
quería, la tiraría a la basura. Contesté que no, que me
sería muy útil, que
tenía varios
libros sueltos que estarían muy agradecidos de dejar de rodar
de un rincón a
otro. Así fue cómo me quedé con el maldito mueble. ¡Ah!, si
hubiera adivinado entonces lo que sucedería...
Dije:
"mueble", y
en realidad ignoro si una biblioteca lo es, porque,
¿quién mueve
una biblioteca una vez llena de volúmenes?, suele dejárselas
en el mismo sitio por años y años. Si embargo, ésta sí
era un mueble, tenía
sólidas y
estratégicas rueditas
para trasladarla, aun colmada de textos.
Además de su fácil transporte, su tamaño tampoco
presentaba inconvenientes,
un metro
y medio
de alto por dos de largo y unos treinta centímetros de
profundidad. Medidas casi ideales, al menos eso pensaron mis
libros cuando,
cariñosamente, los ubiqué la tarde de la mudanza. Supongo
que, los cerca de
doscientos cincuenta,
festejaban su
flamante hogar de fino y resistente
roble laqueado
y su especial emplazamiento frente al ventanal, desde allí
podrían disfrutar las caricias del sol bebiéndose la
cordillera.
El
misterio comenzó al día siguiente. Empresa extraña la de amanecer
en
casa nueva
y, más
aún, cuando uno va del
dormitorio hasta la sala para
reconocer, y
apreciar, la disposición del recién estrenado hogar y desea,
compulsivamente, abrir
la ventana y tirarse por ella, sin demoras. Es que
no lo esperaba. ¡Cómo lo iba a esperar!
La biblioteca relucía como acabada
de pintar.
Pero eso no era todo, ¡qué
va!, los libros, mis libros, ya no
eran doscientos cincuenta sino unos quinientos.
¿Qué
embrujado milagro había sucedido? Porque, sin dudas, el asunto era
un asunto
de brujería,
pensé. Y
volví a pensar, horas después, cuando
concluí el
lento inventario de las
obras. Mágicamente, los ejemplares se
habían reproducido en duplicado -había dos de cada uno-
como si se hubieran
reflejado en algún espejo encantado y cobrado calcada
existencia y materia.
Tras meditar
un rato,
y mediante complejas
torres, apilé y acomodé los
quinientos textos
dentro y
sobre "esa cosa de
madera". En otra ocasión
resolvería qué hacer con tales engendros. Tenía que
trabajar y salí.
Esa
noche volví muy tarde, agotado, y apenas si logré desvestirme antes
de dormir.
El siguiente amanecer,
al despertar corrí hasta la sala. Pero
tuve dificultades
para entrar.
Mil libros
la desbordaban.
Sí, los
quinientos se
habían multiplicado
por dos.
O sea
que poseía cuatro
ejemplares de
cada obra. Ya ni siquiera me sorprendí por el prodigio. Pasé
la jornada
distribuyendo libros
en bibliotecas
de la
ciudad y,
al
acostarme, rendido
al extremo, me cercioré de que ningún volumen durmiese
en el extravagante mueble.
Al
otro día, ufano, comprobé mi victoria. La biblioteca lucía tan vacía
como mis
esperanzas de
utilizarla. Por
algo mi
antecesor la
había
abandonado. Imposible
usarla. Como carecía de un lugar apropiado, llamé a
un amigo
y, luego de que accediera a lo solicitado, quemamos el siniestro
enser en
el patio de su casa. Agradecido por siempre, le regalé un par de
libros y retorné, feliz, a mi hogar.
La
jornada posterior,
temprano, mi
amigo telefoneó. Dijo
que en su
patio, y sobre las cenizas del mueble, las mismas que habíamos
enterrado un
metro bajo
la superficie,
habían brotado dos bibliotecas idénticas a la
difunta.
Emilio Fernández Cordón
Mendoza. 25 de marzo de 2003
"Ay amor, sin ti no entiendo el despertar.
Ay amor, sin ti mi cama es ancha..."
DESDE
EL ROBLE
Desde qué
Robledo amanecido
de Corpes,
Chabela o Mazo
a mi mesa ahora.
Desde qué
espacios umbrosos
erguido entre
iguales y frondoso.
Apañando mis
horas
de todos los
tiempos.
Sostén de blanco
mantel,
entre hijos y
nietos. Hoy prodigo panes
hostias
consagradas de ingenuo ropaje,
como ayer mi
madre.
Tal vez... la
muerte no exista
y todo se
transforme
como el roble en
mesa.
Perenne
fluir de savia peregrina
energía y
esencia de vidas en vidas.
Rosana
Molla
"La guitarra en el ropero...
todavía está colgada..."
¡Armatostes
insignes! Todavía maduros,
cuánta vida a su
orilla es hoy podrida muerte,
cementerio de
gestos y voces y cenizas.
Armarios, mesas,
cómodas, sillones,
que fueron
vegetal estremecido,
aserradero y éxtasis.
Guardaron los
secretos familiares,
como animales
fieles y callados y lentos
¡compresivos!
El hogar, la
provincia,
el adorno de los
candelabros,
la represión
sexual
y el deseo de los
daguerrotipos.
Y cuántas frases
célebres,
cuántos niños
prodigio con violines,
cuánta vajilla
fallecida,
cuánto termómetro,
cuánta carta con
noticias que un tiempo conmovieron,
cuánto viaje que
nunca realizaron
porque, a lo
sumo, con los cuadros cirios
ardiendo todavía,
alguien que sale,
alguien a quien
se llevan
hacia la soledad
y los gusanos,
hacia la nada
activa.
Algo de
abandonadas estaciones,
algo de teatro
clausurado,
algo de recepción
deshabitada,
algo de espectro
real, concreto espanto,
y de naufragio
sin naufragio.
Raúl
González Tuñón
UNA
PREGUNTA DEL DIABLO
Si los presidentes se
cagan en el pueblo... El sillón de Rivadavia ...
no debería llamarse el
inodoro de Rivadavia?
MN
EL
LOCO DE LAS ESTRELLAS
Cuando al loco RIGANTI lo despidieron de la
Tecnológica, creyó conveniente cambiar de profesión. Publicó
un par de avisos destacados en “LA TRIBUNA” y “EL
PARCIAL”;”LA ELECTRICA”…tendidos en redes, instalaciones
domiciliarias, reparación de artefactos y muy destacado; CARMEN RIGANTI
Perito Eléctrico.
La electricidad era por entonces
una novedad, del centro del pueblo fue ganando los barrios y el loco
Riganti prosperó. El segundo aviso en los periódicos locales decía así:
TALLERES RIGANTI, necesita aprendiz, presentarse en la calle Brandsen,(al
lado de lo de Cogliatti).
Era el comienzo del verano y me habían reprobado en el Nacional. El
viejo andaba muy chiva y me llevó de peón a la obra. Pero la vieja
intervino para que el nene aprendiera algo útil. Con el permiso del viejo
me presenté en “La eléctrica”.
El loco Riganti era hermano de mamá. Enseñaba física en la Tecnológica
y le decían el Loco por sus
excentricidades, en casa le llamábamos
el tío Bebe, y por extensión Tía Ema a su mujer.
Hacíamos instalaciones domiciliarias, conmigo trabajaba también de
aprendiz un compañero del Nacional también reprobado. Cuando las
instalaciones aflojaban desarmábamos para que el loco las reparara las
primeras planchas eléctricas algunos veladores, calentadores y hasta
algunas rarezas como un lavarropas importado o una “Frigidaire”.
El Loco era un tipo imprevisible, comenzábamos haciendo una
instalación eléctrica y terminábamos afinando el piano de la sala o
reparando el motor del Ford T desahuciado por los mecánicos de la agencia.
Una Navidad después de atornillar la última bombita se puso a amasar el
pan dulce en la casa de un cliente. Era un genio, pero nadie lo tomaba en
serio. Nosotros tampoco.
Una tarde, de la chata del Turco Nemes bajaron un pesado
cajón que con gran esfuerzo y mucho cuidado trasladaron al
galpón. Ese lugar vedado y misterioso nos tenía intrigados con la atracción
de lo prohibido. Al día siguiente sobre
el techo del taller apareció un largo caño rematado por lo que parecía
el esqueleto en cobre de un sofisticado barrilete , un cable delgado
lo conectaba con el interior del taller. -¿Y eso?- preguntamos a dúo.-
Es una antena receptora de radio.- ¿Pero y el cajón que llevaron al
fondo? –Es una soldadora de arco voltaico.
Nos miramos con el Nano pero ya el loco reflexionaba en voz alta
mientras desarmaba una plancha.-Que cosa extraña es la electricidad se
discute y se escribe tanto sobre ella,…pero en realidad nadie sabe lo que
es,…mientras tanto, mientras los sabelotodo
se ponen de acuerdo ,yo la utilizo y disfruto de ella. A veces, …a
veces,-volvió a repetir como
alargando deliberadamente la pausa mientras buscaba la palabra justa que
encajara con la idea, abstraído golpeteaba
deliberadamente la plancha al ritmo de su pensamiento, la punta de su
destornillador tocó el polo vivo haciendo corto con la carcasa y
produciendo un chispazo azulado. – A veces… también nos mata en
completo silencio …nos considera tan poca cosa que ni siquiera nos dedica
una chispita azul.
Una noche a punto de irnos, llegó el turco balanceando su gordura;
-Loco… afuera te descargué todo lo que pediste - jadeó. – Chicos,
entren todos los fierros y arrímenlos al galpón. Cuando terminamos nos
fuimos para el taller. Sobre el banco de trabajo limpio, habían desplegado
planos en papel milimetrado. Ambos estaban acomodados ante un dibujo a lápiz
que el Turco trataba de comprender que era eso que parecía un plato
invertido.
-Loco; yo te hice los bobinados como me los pediste…pero ponéle
una heli,… Loco, sin heli no va a volar
por más electricidad que le pongas…dejáme
que te consiga los motores; con
dos HARLEY DAVIDDSON de 1200cm.y las heli, nos vamos hasta la china. El loco
se rascaba la nuca.- Mirá turco; necesito campos magnéticos no me jodas más
con la heli – No loco sin la heli no se mueve – Insistía el turco –
No le hace falta heli turco, esto que estoy armando producirá una increíble
cantidad de energía. Nosotros asistíamos sin entender nada. Cuando nos
fuimos el Nano opinaba que estaban fabricando “la máquina de hacer
llover”, yo opinaba que el loco estaba desarrollando el Rayo de la muerte
para vengarse de las tres clausuras que le mandó el Negro Núñez cuando
era Inspector Municipal. Transcurría el verano y las habladurías del
pueblo aumentaban. Nadie sabía que pasaba en el galpón del loco. Por las
noches y las madrugadas, extraños chispazos y luces azules que se colaban
por los resquicios de las chapas y el ventiluz sin cortinas que alumbraba al
baldío, aterrorizaban a las gentes.
El loco le reclamaba al
turco que le consiguiera espejos de cristal. Se impacientaba, porque sin
cristales no podía avanzar en su extraño invento, hasta que un viernes al
anochecer,el loco prácticamente nos echó. – Chicos, dejen todo y váyanse.
Hasta el lunes no los necesito.
Volvía para casa cuando
crucé a la chata del Turco cargando una mesa monumental, detrás y más
lento la chatita del loco; le había agregado un catre y sobre él, muy bien
atado, varios grandes espejos. Cuando le conté a la vieja, se quedó
pensativa; - Ese era el ruido de mudanza que escuchábamos, aprovechó que
Ema se fue a Córdoba para llevarse la mesa y los espejos.
Cuando regresó la tía Ema,
el escándalo fue tan grande que el loco se fue a vivir al taller con lo
puesto.
Una noche saltamos por el
fondo y espiamos para el galpón. Y allí estaba, el invento del loco, el
extraño motor sobre sus bancadas brillando el cobre de sus bobinados. Las
bancadas asentadas sobre lo que parecía un plato hondo, extraños aparatos
cubrían cada resquicio de la circunferencia. El Turco nos descubrió; -
Bueno, tenemos dos ayudantes. El loco trabajaba entre los bobinados. –
Tenemos que terminarlo esta noche, si los chicos hablan, tendremos
problemas. – No tío nosotros no le contamos a nadie...! - Saldré esta
noche!.
Con el aparejo bajó muy
lentamente la parte superior de la nave, que era como un plato hondo
invertido que encajó al milímetro. Después introdujo por la cúpula una
bolsa de red con lo que supuse eran alimentos y ropas. El turco abrió del
todo el portón del galpón y comenzó a romper a mazazos la pared hasta la
vigueta que sostenía las chapas. Cuando terminó, el loco midió la
abertura y asintió satisfecho. Nos reunió y con lágrimas, nos abrazó. -
Turco; mañana a primera hora sacá los libros y los planos por que en
cuanto desaparezca, Ema quema y tira todo. Ocupáte de que los chicos
terminen la Tecnológica. Después le das los libros y los planos. El loco
nos abrazo y subió a su nave. Cerró la cúpula que parecía una burbuja de
rocío brillando sobre el conjunto, se sentó en el asiento articulado. Uno
de los motores arrancó con un sonido grave y en seguida el otro. Comenzaron
a tomar velocidad y el zumbido nos hacía estallar los oídos. Empezó a
elevarse con un suave bamboleo; el loco agitó un brazo y nos señalo el
cielo. El zumbido comenzó a hacerse insoportable; las lámparas del galpón
empezaron a apagarse y a prenderse mientras la nave brillaba y el sonido se
hizo tan agudo que molestaba. A medida que ascendía, lucía como una
estrella. Mucho después aún seguíamos despidiéndonos del loco en la
inmensidad de la noche.
Ya han pasado muchos años
desde la partida del loco, aquí nadie lo recuerda, salvo la tía Ema que se
pone histérica cada vez que ve el comedor vacío sin la mesa y los grandes
marcos sin espejos.
Con el Nano, estamos
poniendo a punto el primero de los motores pero aún está inestable. Cuando
cansados y muertos de sueño cerramos el taller y elevamos la mirada hacia
toda esa inmensidad buscando una estrella fugaz, y por suerte la
encontramos, repetimos como una muletilla:
¡..Mirá, desde alguna estrella el loco nos escribe...! Después, gritamos
con toda la voz: ¡ YAAA VAAAMOSSS
LOCO!.
Rubén Valle
Morón
q
BREVE CHIVO
AGRADECEMOS
LOS CUENTOS ESCRITOS ESPECIALMENTE PARA ESTE NUMERO DE LA BODEGA, POR EMILIO
FERNANDEZ CORDON Y RUBEN VALLE.
EL
PROXIMO NUMERO DE LA BODEGA DORMIREMOS "LA SIESTA"
EL
CATRE
Este es su lecho
un catre, simplemente
de aquí cada mañana
salía para ir a
su tarea
y es aquí que a
la noche
dejaba sus
botines empapados
se ven sus libros
a la cabecera
uno a uno
estos libros
voy abriendo
en las páginas
aún se ven las estrías
de sus manos
el cepillo de
dientes amarillo
y el jabón todo
blanco
allí sobre el alféizar
son de él
su camiseta azul
de marinero
con las mangas
sin manos cruzadas sobre el pecho
extendida quedó
sobre la cama
Este es su lecho
un catre, simplemente
del muro cuelga
ésa su gorra
azul de los domingos
y allí abajo se
ve, nuevo, un boleto
de tren,
abandonado sobre el piso.
Nazim
Hikmet.
Y PARA DESPEDIRNOS TENDEMOS LA MESA
La idem está
puesta
Juan Carlos Mesa
INICIO