Por Daniel Campione
La guerra con Irak parece inminente, mas allá de las protestas en
varios lugares del mundo y de la poca propensión a acompañar a los
norteamericanos por parte de los dos países más importantes de la Comunidad
Europea, Francia y Alemania, y las manifestaciones masivas que han ocurrido en
diversas partes del mundo. Como en otras ocasiones históricas, cuando un
Poder con mayúsculas está resuelto a usar su capacidad de destrucción, no
repara en ‘costos políticos’ y por tanto suele ser difícil evitar que
cumpla con sus propósitos.
Los críticos de la política belicista norteamericana suelen insistir en las
enormes reservas petroleras del país de Saddam, como causa fundamental de la
intervención armada, impugnando los motivos de seguridad y
‘antiterroristas’ esgrimidos en el discurso público de George W. Bush y
sus colaboradores. La generación de oportunidades de negocios para el gran
capital, así como el control de recursos naturales estratégicos, son
elementos permanentes a la hora de decidir acciones bélicas por EE.UU, y
ambos se vinculan con la cuestión petrolera. Pero con ser un factor
considerable, éste no agota la explicación. La operación ‘guerra contra
el terrorismo’, explícitamente desprovista de límites espaciales y
temporales, y en la que el enemigo se define al antojo del poder
norteamericano, tiene una gama de objetivos que, comprendiendo lo económico,
lo exceden, y la probable invasión a Irak es un episodio más de esta
‘guerra’. EEUU quiere demostrar su capacidad de ‘castigar’ a cualquier
poder que se le oponga, en lo posible con la eliminación física, o al menos
política, de sus adversarios. Ha sancionado económicamente a Irak, lo ha
bombardeado esporádicamente, lo ha sometido a controles e inspecciones de
todo tipo... No ha logrado sin embargo acabar con el mismo régimen al que
decidió dejar incólume después de la Guerra del Golfo... y una intervención
violenta seguida de ocupación del territorio se convierte hoy en el camino
seguro para llenar esa finalidad, y la puesta bajo control de un porcentaje
nada despreciable de las reservas petroleras del mundo será un resultado más
que interesante para los intereses petroleros, más que gravitantes en el
esquema de poder norteamericano actual.
Pero lo verdaderamente importante, creemos, va mas allá del petróleo,
de Hussein, y de Medio Oriente.Se trata de dar continuidad a la guerra sin fin
que se proclamó después del atentado. Para que ésta resulte verosímil como
amenaza universal y como afirmación de omnipotencia luego de la herida
infligida por los aviones-bomba, la ‘guerra antiterrorista’ debe ser dinámica
en la generación de nuevos escenarios, en la 'producción' de renovados
enemigos. Allí está Corea del Norte, superponiéndose casi con Bagdad en el
carácter de objetivo a ser atacado, en una demostración de que esa dinámica
se acelera.
No importa tanto en qué latitud geográfica esté ese adversario, que ideas
diga defender, que religión profese, ni tampoco se necesita que se
trate de un gobierno; un movimiento insurgente puede ser tanto o más
conveniente que un régimen político o un gobernante ‘incómodo’.
El papel del ‘enemigo’ del momento no radica tanto en la conveniencia e
importancia de su destrucción, sino en su rol de ‘condenado a
muerte’ por la insolencia de haber desafiado a EE.UU o a los ‘valores’
que éste asume como propios, y con ello en el efecto disuasivo que entraña
para cualquiera que quisiera seguir una conducta similar, en cualquier tiempo
y lugar.
El 11 de septiembre confirió a la potencia capitalista un ‘enemigo’ que
había perdido desde la disolución de la Unión Soviética, construido
aceleradamente a la sombra del atentado a las Torres Gemelas. Para mejor ese
enemigo no es otra ‘gran potencia’ ni tiene una ideología más o menos
identificable, sino que es lo suficientemente ‘plástico’ e indefinido
como para ser moldeado más o menos a gusto de quien lo atacará. Sólo las
necesidades norteamericanas, coyunturales o estratégicas, balancearán las
ventajas y peligros de declarar ‘terrorista’ a un estado o a una
organización de cualquier tipo. Y mientras las largas décadas de
enfrentamiento contra el ‘comunismo’ debieron limitarse centralmente a la
‘guerra fría’, acompañada por operaciones militares de alcance limitado
y en áreas periféricas, el nuevo enemigo ofrece amplias oportunidades para
la guerra ‘caliente’, para intervenciones rápidas que brinden
‘triunfos’ indiscutibles. Siendo el ‘terrorismo’ una actividad
de contornos imprecisos, y que por naturaleza se realiza en secreto,
cualquiera puede ser acusado de complicidad activa con actos clasificables
como tales. Y a juzgar por la argumentación volcada por Bush hijo en el muy
reciente discurso sobre ‘el estado de la Unión’, no son los acusadores
sino los acusados los que deben probar su inocencia: La ‘doctrina’ de que
es Saddam Hussein el que debe probar que destruyó su armamento y no los
inspectores encontrar el no destruido, puede ser extendido a las más variadas
situaciones e invertir la carga de la prueba al servicio de concretar las
agresiones bajo una apariencia de legitimidad ética y política.
Una demostración de la labilidad de los límites de estas operaciones, lo dan
recientes declaraciones del presidente colombiano Alvaro Uribe, cabal
representante de la derecha de esta parte del mundo. Ha dicho que sería
preferible que las fuerzas armadas norteamericanas actuaran contra la
guerrilla de su país que frente a Saddam. Y allí se muestra el
siniestro potencial de la ‘guerra antiterrorista’, la que se anunció sin
ambages como larga y sangrienta, y sin duda lo será sino se alcanza a
impedirlo a tiempo. No sólo estados sino fuerzas insurgentes deberían estar
en el blanco de las fuerzas imperiales, actuando como una policía
global para aplastar a todo aquel que contradiga de alguna manera los propósitos
del gran capital y de su Estado por excelencia. Allí donde un estado
nacional, una dirigencia local, falle en reprimir a los díscolos, podrán
aparecer las unidades de ‘despliegue rápido’ de las FF.AA
norteamericanas. Y no está escrito que deban ser sólo organizaciones que
toman el camino de la lucha armada: allí donde los defensores locales del
capitalismo se vean sobrepasados, se descubrirá algún rasgo de
‘terrorismo’ o vinculación con el narcotráfico como ‘cabeza de
proceso’ para iniciar la intervención. He aquí la fuente para nuevas
‘hipótesis de conflicto’ que incluyan a los campesinos en protesta, los
indígenas movilizados, los desocupados que corten rutas o los obreros en
huelga. Todos podrán ser constituidos en ‘terroristas’ aunque nunca hayan
visto una bomba o ni siquiera utilicen armas de fuego.
Primera potencia económica mundial,, fuerza incontrastable en lo político-militar,
centro hegemónico de la industria cultural y orientador universal del consumo
de masas, Norteamérica es el Estado con mayúsculas, el único que incrementa
poderío y funciones en tanto que los estados nacionales decaen, sin excluir a
los más prósperos y tradicionalmente más fuertes. La religión del mercado
y el libre comercio va en la punta de las bayonetas norteamericanas, y junto
con ella, el propósito de no dejar en pie ningún atisbo de ‘civilización’
que no se base en el poderío de la gran empresa, por supuesto que con muchos
términos como ‘libertad’, ‘democracia’ y derivados resonando en la
justificación pública de la agresión.
La guerra en Irak es sólo un episodio de la cadena de acciones destinadas a
afianzar a los EE.UU en ese papel, a través de la demostración concreta y
reiterada de que nada ni nadie escapa a la ‘larga mano’ de su venganza, y
que no hay fuerza que pueda impulsar principios o interpretaciones diferentes
a las hegemónicas, acerca del futuro de la sociedad mundial. ‘Con nosotros
o contra nosotros’, ha proclamado Bush hijo, y todos los que se oponen al
capitalismo globalizado deben saber que tienen un enemigo imperial que, en lo
que dependa de su voluntad, no descansará